En nuestro país se come bien, pero cada vez se saborea menos. No me refiero a los ingredientes ni a las recetas, sino a los modales, un aspecto en el que debemos mejorar.

Texto & Fotos:
Erick Aquino Montoro
Código Orcid
Comer como si nadie te observara
En una mesa servida, la etiqueta se repite: personas con título colgado en la pared que, frente al plato, se inclinan como si quisieran meterse dentro. Los codos suben a la mesa con total desparpajo, marcando territorio, ocupando un espacio que no les corresponde. Lo que antes era una falta puntual, hoy es el paisaje: una mala costumbre aceptada por inercia y normalidad social.

Lo inquietante no es solo la falta de estética, sino el mensaje que transmite: “Me da igual el resto”. Cuando uno se inclina casi al borde de lavarse la cara, renuncia a la mínima dignidad del gesto de comer. Se olvida que el cubierto está para llevar lo servido y no para apoyar la cabeza sobre el plato. Y alrededor todos callan, como si corregir modales fuera un crimen.
Los codos, con su constante contacto con superficies como escritorios, autobuses, puertas y pasamanos, son una fuente de gérmenes que preferiríamos no ver bajo un microscopio. Llevarlos impunemente al mantel es invitar a la mesa todo aquello de lo que luego nos quejamos cuando hablamos de higiene. Nos obsesionamos con desinfectar mesas y cubiertos, pero permitimos que esos dos vectores de contacto constante que son los codos pasen libremente.

Desde el punto de vista ergonómico, la situación no es mejor: una espalda encorvada, el cuello tenso y los hombros caídos. Comer así no solo tiene un aspecto antiestético, sino que a la larga pasa factura. Las buenas prácticas de mesa indican que lo único que puede descansar es el antebrazo, nunca el peso del cuerpo sobre los codos ni la cabeza sobre el plato.
No es “cosa de clase”, es cosa de respeto
El argumento fácil ha sido siempre el mismo: “Me alimento como quiero” o “El que tiene dinero come como quiere”. Hoy en día, esta escena tiene lugar en oficinas, restaurantes y reuniones de “gente de bien”, donde la profesionalidad y la aparente prestancia se desvanecen en cuanto llega el primer plato. La cultura y la educación se desploman en el detalle más básico: cómo se sientan, cómo sostienen el cubierto, cómo se relacionan físicamente con la comida.

Las reglas son sencillas y nada esnob: no se apoyan los codos en la mesa al comer; se permite, con discreción, apoyar ligeramente los antebrazos, sin invadir ni cargar el peso del cuerpo. El cuerpo debe permanecer erguido y bien sentado, y son los cubiertos los que deben viajar a la boca, no la cabeza la que debe desplomarse sobre el plato. No se trata de protocolo ni de gente especial, sino de respeto por uno mismo y por quienes comparten la mesa. Tal vez ha llegado la hora, aunque necesaria, de volver a decirlo en voz alta: tu forma de comer comunica quién eres.
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