Radiografía de la Indolencia Estética

Fotografía y Texto: Erick Aquino Montoro
Orcid
El paisaje urbano de las principales ciudades del norte de Perú se encuentra dominado por un caos visual que desafía cualquier noción de orden y estética. Este fenómeno, caracterizado por la proliferación descontrolada de cables aéreos que se enredan y cuelgan de los postes, demuestra la consecuente negligencia que se observa en urbes importantes como Trujillo, Chiclayo y Piura.

La Estética de la Decadencia
La contaminación por cables aéreos raras veces se presenta de forma aislada. Este problema se incrusta en un contexto de desorden urbano más amplio, donde la negligencia administrativa se manifiesta en múltiples frentes. Al cableado excesivo en las calles se suman los grafitis de mal gusto, la basura acumulada y la publicidad política no removida como los principales factores que socavan la imagen de la ciudad.
Este paisaje combinado de abandono se percibe como entornos inacabados y descuidados. La imagen de cables enredados, sumada a la presencia de obras inconclusas que dan vergüenza, y la gestión deficiente de residuos, no solo afea el entorno, sino que desvaloriza el espacio público y contribuye a una «percepción negativa” de las ciudades.

La Normalización de la Negligencia y la Inercia Administrativa
La persistencia del desorden urbano demuestra que el problema ha dejado de ser meramente técnico para convertirse en una falla cultural y administrativa profundamente arraigada. La administración local parece haber condicionado a la ciudadanía a aceptar la negligencia como un elemento estándar del paisaje.
La cohabitación de cables, basura y proyectos fallidos es una señal inequívoca de que las autoridades no logran imponer el cumplimiento de normativas básicas.
El núcleo de esta inercia reside en la incapacidad o falta de voluntad de las municipalidades para fiscalizar de manera sistémica la remoción de infraestructura obsoleta, que en muchos casos pertenece al sector privado.

Este ciclo vicioso garantiza que la inversión en el orden y la armonía urbana se postergue indefinidamente, mientras las ciudades continúan sucumbiendo a la fealdad de lo provisional, informal y lo abandonado.
El Lucro y el Cinismo
La crítica ciudadana más lacerante se dirige a la «nueva clase política, a los oportunistas y ciertos emergentes» que han demostrado un marcado desinterés en el mejoramiento urbano. La «abundancia» que celebran no es la de servicios eficientes o ciudades modernas, sino la de la corrupción y la ineficacia.

La indiferencia ante la instalación y mantenimiento negligente del cableado permite la persistencia de prácticas cuestionables. Este entorno de permisividad sistemática genera un ciclo donde el desorden es la norma, y las exigencias de transparencia por parte de la ciudadanía se debilitan.
Al fin y al cabo, si se permite que el cielo se convierta en un basurero eléctrico, es menos probable que se exijan altos estándares en la gestión de los presupuestos o en la ejecución de las obras públicas. La clase política cuestionable ha demostrado que puede lucrarse impunemente, permitiendo que el caos visual y el riesgo latente se perpetúen como un costo aceptado de su indolencia estética y urbana.
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