El dilema ético del turismo peruano ante el cambio de gobierno.

Texto & Fotos:
Erick Aquino Montoro
Código Orcid
Mientras se habla de fórmulas técnicas, mágicas o quien sabe qué discurso, el turismo en el Perú agoniza atrapado en el centralismo, la precariedad de infraestructura y una gestión ciega que insiste en perseguir números vacíos sin ofrecer seguridad, sostenibilidad ni calidad.

El debate sobre la recuperación económica oculta una distorsión histórica: la hiperconcentración de recursos e interés en el circuito sur (Cusco, Arequipa y Puno), relegando sistemáticamente la riqueza arqueológica, natural e inmaterial de la costa norte. Desde los señoríos moche y chimú hasta sus ecosistemas marinos, el norte peruano posee un potencial indiscutible. Esta fijación en un solo corredor frena la verdadera descentralización e ignora un motor económico alternativo de primer nivel.
Ante la transición de gobierno, resulta imperativo ejecutar acciones drásticas e inmediatas contra la inseguridad ciudadana y la rampante informalidad. Las campañas promocionales de imagen país pierden toda efectividad cuando los visitantes enfrentan extorsiones, informalidad en los servicios y delincuencia. Sin fiscalización rigurosa, reordenamiento ni seguridad en las rutas, el patrimonio seguirá devaluándose frente a los mercados globales y cada vez más competitivos.

La drástica caída del turismo receptivo —que en 2024 registró 3,3 millones de visitantes frente a los 4,4 millones de la pre pandemia, contrastando con la recuperación total en países como Ecuador, Chile o Colombia— evidencia una brecha estructural de calidad. Recuperar la competitividad exige elevar los estándares de atención y calidad en los servicios que se ofrece tanto al turista interno como al receptivo.
A esta precariedad física se suma un grave colapso digital: en numerosos atractivos la señal de telefonía móvil es deficiente o nula, aislando por completo al visitante. La situación se agrava críticamente cuando se interrumpe el suministro eléctrico, provocando el apagón inmediato de las telecomunicaciones y dejando zonas turísticas enteras incomunicadas, vulnerando la seguridad e imposibilitando operaciones básicas.

Ante este caos es indignante: en el último discurso presidencial ni se rozó el problema de la basura, la escasez de rellenos sanitarios o la ausencia de plantas de tratamiento. Mientras las autoridades callan, ríos, afluentes y paisajes emblemáticos agonizan sepultados por desechos que pobladores sin educación ambiental tiran sin sanción ni fiscalización. Produce profunda vergüenza exponer a los turistas a esta desidia y suciedad generalizada.
Es urgente implementar planes de desarrollo urbano turístico eficientes. Las ciudades no pueden vivir en permanente caos de calles rotas y veredas destruidas por obras interminables, que ni siquiera pasan por un control de calidad para verificar si se hizo bien o se hizo mal, ni permitir construcciones que rompen el entorno monumental y paisajístico. Lo peor: se pavimentan pistas improvisadas que una lluvia mínima las destruye por completo.

Por último, el país debe resolver una disyuntiva estratégica: ¿buscamos cantidad masiva o calidad en los turistas? Apostar al volumen indiscriminado sobrepasa las capacidades de carga y degrada el patrimonio. El Perú debe reorientar su política hacia un turismo de alto valor, respetuoso con los ecosistemas y orientado a dinamizar dignamente la economía de todas sus regiones.
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Seguimos con el entretenimiento con La Cuarteta, un programa de conversación con humor.
En el primer bloque, respondemos a la pregunta «¿La mofa o la broma?» junto a Luis, Alberto, Jenne y Emilio, con Rafael detrás de las cámaras.
En el segundo bloque, hablamos sobre el significado del amor en el mes de las celebraciones de San Valentín.
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