LA LECCIÓN QUE NO APRENDEMOS

Texto & Fotos:
Erick Aquino Montoro
Código Orcid
Mientras el fenómeno del niño amenaza con su regreso, Piura y La Libertad reviven una historia harto conocida. La falta de drenajes pluviales, las vías destruidas y el colapso sanitario demuestran que, más allá del clima, nuestro mayor enemigo sigue siendo la indiferencia estructural.

La convivencia entre la costa norte del Perú y el clima no es un desafío reciente. Desde tiempos prehispánicos, las sociedades originarias que habitaron estas tierras tuvieron que enfrentar el impacto recurrente del fenómeno El Niño.

De hecho, diversas hipótesis arqueológicas señalan que mega eventos climáticos y sequías prolongadas desestabilizaron a importantes culturas regionales —como los Tallán, Moche o Lambayeque—, erosionando el poder de sus élites y contribuyendo al colapso o transformación de sus centros urbanos.
Múltiples civilizaciones del pasado comprendieron por la fuerza la magnitud de esta amenaza; sin embargo, milenios después, la lección sigue sin ser aprendida.

Cada vez que las nubes se cierran sobre la costa norte, en Piura y Trujillo una sombra conocida vuelve a instalarse en el ambiente. El Niño no es una sorpresa climatológica; es un visitante cuyo impacto devastador se ha vuelto predecible. La vida cotidiana se detiene, el turismo entra en pausa y las economías locales se asfixian entre la incertidumbre y el barro.

El verdadero drama radica en la fragilidad y la improvisación con la que nos encuentra. La conectividad del norte colapsa con facilidad sorprendente: carreteras afectadas, puentes caídos y rutas rurales completamente aisladas.
Llegar a los destinos turísticos se convierte en un desafío de alto riesgo, desmotivando al viajero y dejando desolados a cientos de emprendedores que viven de los servicios y la cultura local.

En el ámbito urbano, el problema es estructural. Ciudades importantes carecen de sistemas de drenaje pluvial eficientes; las aguas se empozan en las avenidas, mezclándose inevitablemente con desagües colapsados y cerros de basura no recolectada.
Esta combinación transforma los barrios en focos infecciosos propicios para el dengue, el cólera o la malaria, afectando tanto a zonas urbanas como a comunidades rurales desprovistas de servicios básicos.
Sin embargo, el aspecto más indolente es la falta de obras de prevención reales. Durante décadas, se ha privilegiado el gasto en proyectos vistosos y cortoplacistas sobre infraestructuras esenciales de contención y drenaje.
A esta negligencia se suma una escasa o nula supervisión profesional que garantice la calidad de los trabajos ejecutados.
El resultado es una obra pública que se desmorona ante el primer embate del agua. Es indignante constatar cómo esta precariedad alcanza a colegios y centros de salud públicos, donde refugios que deberían ser seguros terminan inundados y con techos colapsados.
Aprender a convivir con la inestabilidad climática exige acelerar las políticas y acciones de prevención y educación ambiental. El norte requiere obras duraderas, fiscalizadas de forma rigurosa y pensadas para la gente.

Hasta que las autoridades no asuman esa responsabilidad con seriedad, cada temporada de lluvias seguirá cobrando la misma alta cuota de desamparo y pérdida.
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